BACHILLERATO INSTITUTO CULTURAL TAMPICO

ICT

BAQ 2012
CATEGORÍA DISEÑO ARQUITECTÓNICO
MÉXICO
OMAR ZÚÑIGA, GRACIELA LÓPEZ, GABRIEL DE LA TORRE

Con 484 alumnos inscritos en el primer ciclo escolar en modalidad matutina, el edificio para el bachillerato del Instituto Cultural Tampico se inauguró el 13 de agosto de 2012; pocos días antes de que un Juzgado de Distrito liberara una orden de aprehensión contra Tomás Yarrington, ex gobernador del estado de Tamaulipas. A diferencia de otras semanas, donde las páginas del Sol de Tampico parecen extraídas de una amarga novela de Roberto Bolaño, las clases han iniciado entre cierta tranquilidad.

La violencia ha disminuido, los encabezados clásicos de nota roja (“Detienen a dos sujetos que riñeron en la calle”, “Preso por escandaloso”, “Muere en su domicilio un nonagenario”, “Espectacular choque y volcadura”) han reemplazado a las notas de hace un par de años, donde se describían atrocidades relacionadas con la narcoviolencia y balaceras sobre la avenida Hidalgo, el eje urbano principal de la zona metropolitana conformada por ciudad Madero, Altamira y Tampico. El telón de fondo del edificio en cuestión es todavía, sin embargo, un puerto acalambrado por la oleada de crímenes que salpicaron a todos los espectros de su sociedad.

Fundado hace medio siglo por miembros de la orden Jesuita –caracterizada por su modernidad educativa– el Instituto Cultural Tampico es arquetípico de la educación privada en México. Su uniforme consiste en zapatos negros, pantalón de mezclilla y su mayoría camisa polo blanca, con el escudo del instituto bordado con la frase Duc in altum, “Remar mar adentro”, una referencia al pasaje (Lucas 5, 4-6) en que Jesucristo convence a Simón Pedro de volver a echar las redes al mar para capturar más peces; donde surge la metáfora de Jesús como “pescador de hombres”. Se trata de una institución próspera, que cobró cierta notoriedad internacional cuando en febrero de 1995, fue revelada la identidad de Rafael Sebastián Guillén Vicente.* El entonces procurador general de la República reveló que el ICT había sido una de las alma mater del poeta guerrillero.

El “éxodo estudiantil”, término accidentalmente religioso acuñado por la prensa mexicana, inició en 2010, a raíz de que estudiantes de educación superior se vieron amenazados por la inseguridad generalizada en los estados del Norte y obligados a relocalizarse. Los alumnos eran secuestrados al salir de sus clases. En ocasiones, estos secuestros incluían a profesores o familiares de estudiantes. El horario vespertino del bachillerato en el ICT fue propicio para este tipo de crímenes. Los directivos de la institución lanzaron un concurso para la construcción de un nuevo plantel en el que las clases de bachillerato pudieran desarrollarse en un horario matutino. El nuevo edificio tendría la vital consigna de interceder por la tranquilidad de los padres de familia. Ganando el concurso el despacho Taller Veinticuatro junto con el arquitecto local Joaquín Madero, el éxodo estudiantil tuvo una contra respuesta plástica. Un proyecto desarrollado en por los recién egresados Ulises Zuñiga, María Graciela López y Gabriel de la Torre (tenían un año de haberse recibido como arquitectos), su proximidad a la vida académica se tradujo en una propuesta que respetaba la modestia de un presupuesto reducido y un programa claro. Con una valiente postura por parte de los directivos, la construcción del ICT inició en noviembre de 2011; a pesar de correr el riesgo de ser amenazada por “derechos de piso”, una ancestral invención del crimen organizado en la que toda clase de comercios, desde tiendas de abarrotes hasta empresas multinacionales, son extorsionadas a cambio de garantizar que sus actividades se desarrollen sin incidentes violentos. Estas prácticas han sido uno de los factores tajantes para frenar la industria de la construcción en algunos estados del Noreste. La urgencia de construir el ITC se resume en la necesidad de mantener al instituto como oferta educativa que pudiera blindarse de estas vicisitudes.

El ICT se localiza entre la calle 10 y la avenida Universidad, llamada así por arrancar en el perímetro de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, otra de las instituciones afectadas por el éxodo. Al sur del nuevo complejo, se encuentra un organizado plantel para educación primaria y secundaria, construido en 1970, que toma prestada las comodidades espaciales de la estandarización CAPFCE y las circulaciones cubiertas de Mario Pani. Era aquí donde los estudiantes de bachillerato anteriormente tomaban clases por las tardes. El nuevo emplazamiento es de un nivel superior al del proyecto original. Ambas construcciones se encuentran unidas ahora por una escultórica escalinata de composición en ápice, con un patio que aprovecha la modulación hexagonal del adoquín para producir despieces triangulares. La escalera de huella ancha se convierte en un evento simbólico para ascender al bachillerato, e inconscientemente el edificio introduce el tema de educación superior en su expresividad.

El edificio es una obra mesurada, pues los únicos atrevimientos formales se traducen en pragmatismo. No hay nada estructuralmente desafiante en su concepto. La célula constructiva es el tabique cerámico, fabricado masivamente en el estado de Hidalgo bajo las especificaciones del proyecto. El tabique proyecta el orden y rigor institucional de la utopía Vasconceliana. A su vez, es el elemento más sensual del proyecto. Su alta reacción ante las sombras funciona para suavizar el tedio de la monotonía. El proyecto comprende la sombra y la expresión del material hechizo como elementos para asombrar a su alumnado. La paleta original incluía los tres colores encontrados en el escudo, aunque el negro fue abandonado por connotaciones negativas, de modo que los muros son de colores vino y amarillo. Las cualidades térmicas del material ayudan al interior de las aulas. Al oeste de las aulas existen ventanillas horizontales a modo de permitir ventilación cruzada en caso de no utilizar el aire acondicionado que sirve a todo el edificio. Entre las aulas, sin embargo, existen chimeneas térmicas con las que los alumnos pueden familiarizarse con una noción de sustentabilidad incorporada a la construcción. La apuesta por una educación integral se incluye en el programa del edificio, en vez de ser un capricho cosmético.

Estas sofisticaciones formales son el acierto de la obra pues no se trata de sustentabilidad que emana sigilosamente del edificio, sino de sistemas pasivos que conforman parte intrínseca de las aulas mismas.

No hay fallas en su orientación. Desde la avenida 10, el edificio luce como una nueva referencia para la ciudad y toda la zona metropolitana. Desde avenida Universidad, una fachada en grapa (una extrusión de la capilla hacia la calle) presenta una asimétrica incrustación de madera en aras de proyectar la secularidad obligatoria de su tipología. Junto a esta fachada se encuentra la plaza; vislumbrada para relacionarse con la ciudad, un espacio de distensión con el que se espera generar aglomeraciones una vez que la seguridad de la ciudad mejore. En planta, el instituto se organiza como una t minúscula, incluyendo núcleos de circulación al extremo de cada crujía. La intersección de ambos ejes –uno administrativo y uno educativo– constituye un espacio de abundante sombreado, que se convierte en una metáfora sobre el crecimiento, el desarrollo y el ascenso.

Si la estatura del cuerpo es el indicador natural del crecimiento, el paso de niño a joven, el accidental espacio debajo de las escaleras centrales que comunican a los tres niveles escolares, contiene una profunda carga simbólica. Con una altura Corbusiana de 1.775m, el ojo es inmediatamente confrontado, pues alumnos y profesorado son cuestionados a utilizar y cruzar este espacio corriendo el riesgo de rozar la cabeza contra la losa, o simplemente rodearlo. No es descabellado enunciar que son particularmente estos espacios extraños de los que se apropia el alumno. El proyecto cumple así la misiva de formar espacios interesantes para sus estudiantes.

Al poniente, una biblioteca de doble altura ofrece una vista a la ciudad. Sugiriendo que ese paisaje enmarca la cosa a mejorar, resulta sensato el propósito de estar en las aulas aprendiendo cosas, en una institución educativa en la que los alumnos puedan realizar el ejercicio de visualmente ubicar su residencia en algún momento del día. Me es difícil recordar una escuela con una vista escenográfica como la del ICT, como si la ciudad fuera un factor de distracción del que hay que desentenderse por algunas horas. Al oriente se contiene la mayoría del programa religioso, así como una sala de maestros con una fuente transitable sobre escultóricos prismas de concreto. Una oficina de asesoría espiritual asiste a los estudiantes en su planta baja. A su lado, una serie de ventanas de alabastro delatan el uso de una capilla; su lectura material se desafana del resto del bachillerato.

Un espacio llano que deja entrar luz cenital para iluminar los reclinatorios. Una segunda fase del proyecto incluirá un auditorio y canchas deportivas.

En una inusual observación pos-ocupacional, la rectora del Instituto ha sentenciado “Queja generalizada, ninguna.”

Haciendo a un lado premuras en su ejecución (sobre las que el proyecto no merece ser evaluado) el bachillerato del ICT puede resumirse en una intervención que apuesta por la formación exitosa de su alumnado. La constante invitación a la apropiación arbitraria de espacios (a los que Ulises Zuñiga de TAV se refiere como “mundos”) y su potencial histórico son resultados de una práctica arquitectónica que, aunque apenas estableciéndose, descubre cómo retribuir.

Max Aub escribió que se es de dónde se ha cursado el bachillerato. Como si la proyección arquitectónica encontrara en jaque esta máxima, el bachillerato del ICT constantemente comunica ideas de crecimiento, ascenso y desarrollo; metáforas impecables para salvar a una generación cuyo sentido de pertenencia aún puede salvarse. En una sociedad donde los temas de seguridad y calidad educativa forman parte de una superficial agenda pública, la expansión del ICT brinda sentido a una comunidad paralizada, que paulatinamente comienza su regreso a la normalidad. Por medio de contundentes decisiones de diseño y programación, la arquitectura como producto es revocada de su insolencia estética y reducida a una función prácticamente espiritual, en la que puede reflejar la moral y deseos de acción de una sociedad.

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